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  • La decisión de Antígona
  • Autor | Juana Mejías
  • La elección ética de Antígona es también una elección política,
    y acorde con una teoría de la decisión.
    La pura pérdida que obtiene nos es presentada por Sófocles,
    comentada
    in extenso en la nota.
     
    J
    acques Lacan quiso dar a los psicoanalistas en el Seminario La ética del psicoanálisis una figura ideal y trágica: Antígona de Sófocles.


    A
    ntígona, en la forma más corriente de la tradición, es hija de Edipo y Yocasta. Cuando Edipo por medio del oráculo Tiresias conoce sus crímenes se quita la vista y decreta su propio destierro de Tebas. Ciego y mendicante deambula por los caminos acompañado de esta hija. Cuando Edipo muere, Antígona regresa a Tebas; vive allí con su hermana Ismena, y sus hermanos, Etéocles y Polinices. En la Guerra de los Siete Jefes, Etéocles y Polinices luchan en bandos contrarios; mueren ambos, uno a manos del otro. Creonte, rey de Tebas y tío de los hermanos, decreta exequias solemnes para Etéocles, y prohíbe que se dé sepultura a Polinices, acusado de traidor a la patria. Antígona –considerando el deber sagrado de dar sepultura a los muertos, deber primero impuesto por los dioses y las leyes no escritas– infringió el decreto de Creonte y cumplió con la obligación religiosa. Fue condenada a muerte y enterrada viva en la tumba de sus ascendientes, los Labdácidas. Se ahorcó en su prisión, y Hemón, su prometido, e hijo de Creonte, se suicidó sobre su cadáver.


    ¿Qué es lo que mueve a la Antígona de Sófocles en su terrible decisión, desde el punto de vista de Jacques Lacan?


    L
    acan analiza el personaje trágico de Antígona recurriendo a su teoría del deseo. Aplica su análisis del deseo como puro deseo de muerte por haber desafiado la interdicción de Creonte dando sepultura a su hermano Polinices. Antígona encarna allí el poder de la pura pérdida. Pérdida de su hermano muerto, quien por fidelidad irreductible la conduce a su propia pérdida.


    D
    e esta potencia del rechazo ligado a la elección de la muerte, Lacan hace la ilustración de la verdad del deseo.


    E
    l poder de la pura pérdida puede tanto fundar el deseo como desencadenar el goce, aquella que arrastra hacia la muerte y la destrucción (pura pérdida del cuerpo y el sujeto). El punto absoluto del deseo es aquél en que el sujeto ya no demanda nada: desea. Es un espacio trágico. Lo trágico se inclina tanto del lado del deseo (se funda en una pérdida para separarse) como del lado del goce (se funda sobre una pérdida para ir al encuentro de la muerte). Hay una tragedia del deseo pero también un goce en lo trágico, como comenta Patrick Guyomard en su libro "El goce de lo trágico".1


    E
    sa verdad es ofrecida a los pacientes y a los psicoanalistas como esencial a una ética del psicoanálisis, puesto que éste solo podía ser una ética del deseo.


    L
    acan dice en el Seminario "La ética del psicoanálisis":


    "Lo que causó más problemas a lo largo de los años, desde Aristóteles hasta Hegel, hasta Goethe, es una tragedia, que Hegel consideraba la más perfecta, por las peores razones: Antígona."



    L
    a posición de Antígona se sitúa en relación al bien criminal. Es necesario ciertamente un carácter profundamente desconsiderado de las rigideces de nuestro tiempo para volver a tocar este tema, si oso decirlo, focalizando su luz sobre la figura del tirano.


    R
    etomaremos juntos entonces el texto de Antígona, que nos permitirá indicar un momento esencial a través del cual aseguraremos, en nuestra investigación en lo concerniente a lo que el hombre quiere y aquello contra lo que se defiende, un punto de referencia esencial –veremos qué significa una elección absoluta, una elección no motivada por ningún bien.2


    N
    o es de sorprender que Antígona fascine a los psicoanalistas. El inconsciente, decía Lacan, tiene un estatuto ético. El psicoanálisis se mantiene gracias al lugar otorgado a la verdad del síntoma y a la no aceptación (y por lo tanto al intento de levantamiento) de sus borramientos y negaciones que son la represión, la renegación y la forclusión (el juicio que rechaza).


    E
    l inconsciente como concepto no es más que el nombre en acto de este límite en el que se funda el lazo del deseo y de la palabra como la dimensión del síntoma.


    A
    ntígona, en efecto, permite ver el punto de mira que define el deseo. Una purificación de lo imaginario, hacia y por el deseo. Este deseo en Antígona tiene un objeto, un semblante de objeto de porte bien real: su hermano Polinices, causa y razón del acto que le ha hecho merecedora de esta muerte gloriosa. ¿Qué es lo buscado en Polinices? Claramente, su unicidad, lo que tiene de irreemplazable; a la vez en el límite de toda metaforización y en el punto donde se irrumpe el deslizamiento metonímico del objeto del deseo: allí donde la historia y el relato cesan.


    "Es mi hermano y el tuyo, lo quieras o no", le dice Antígona a Ismena. Con estas palabras resume la razón de su acto y la de su rechazo, de su imposibilidad, en verdad, de dejar este cadáver "sin lágrima ni sepultura".


    L
    a justificación de su acto por Antígona está muy bien expresada en una parte de la tragedia de Sófocles:

    "ANTÍGONA: 
    –¡Oh tumba, oh cámara nupcial, oh habitáculo bajo tierra que me guardará para siempre, adonde me dirijo al encuentro con los míos, a un gran número de los cuales, muertos ha recibido ya Perséfona!3 De ellos yo desciendo la última y de la peor manera con mucho, sin que haya cumplido mi destino en la vida.
    Sin embargo, al irme, alimento grandes esperanzas de llegar querida para mi padre y querida también para ti, madre, y para ti, hermano, porque, cuando vosotros estábais muertos, yo con mi manos os lavé y os dispuse todo y os ofrecí las libaciones sobre la tumba.
    Y ahora, Polinices, por ocultar tu cuerpo, consigo semejante trato. Pero yo te honré debidamente en opinión de los sensatos. Pues nunca, ni aunque hubiera sido madre de hijos, ni aunque mi esposo muerto se estuviera corrompiendo, hubiera tomado sobre mí esta tarea en contra de la voluntad de los ciudadanos.
    ¿En virtud de qué principio hablo así? Si un esposo se muere, otro podréis tener, y un hijo de otro hombre si hubiera perdido uno, pero cuando el padre y la madre están ocultos en el Hades no podría jamás nacer un hermano. Y así, según este principio, te distingo yo entre todos con mis honras a Creonte una falta y un terrible atrevimiento, oh hermano.
    Y ahora me lleva, tras cogerme en sus manos, sin lecho nupcial, sin canto de bodas, sin haber tomado parte en el matrimonio ni en la crianza de hijos, sino que, de este modo, abandonada por los amigos, infeliz, me dirijo viva hacia los sepulcros de los muertos."


    E
    l lugar incestuoso de Polinices no podría ser mejor expresado, doblemente irreemplazable porque es a un tiempo su hermano y su hijo; es ése sin duda el exceso de Antígona.¿Cómo interpreta Lacan este lugar del hermano cuyo cadáver expuesto se lleva consigo toda razón de vivir? Es literalmente, el lugar del deseo de Antígona. Pero si Polinices, vivo, la sostenía con su existencia, su muerte desanuda el fantasma que sostiene el deseo y lo restituye a su pureza.Lacan en "La ética del psicoanálisis" dice
    "Pero Antígona lleva hasta el límite la realización de lo que se puede llamar el deseo puro, el puro y simple deseo de muerte como tal. Ella encarna ese deseo.
    (...)¿qué ocurre con su deseo? ¿No debe ser el deseo del Otro y conectarse con el deseo de la madre? El deseo de la madre (...) es el origen de todo. El deseo de la madre es a la vez el deseo fundador de toda estructura, la que da a luz esos retoños únicos, Etéocles, Polinices, Antígona, Ismena, pero es al mismo tiempo un deseo criminal. (...)
    Ninguna mediación es aquí posible, salvo ese deseo, su carácter radicalmente destructivo. La descendencia de la unión incestuosa se desdobló en dos hermanos; el uno representa la potencia, el otro representa el crimen. No hay nadie para asumir el crimen y la validez del crimen, excepto Antígona.
     

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    ntre ambos, Antígona elige ser pura y simplemente la guardiana del ser del criminal como tal. Sin duda, las cosas hubieran podido tener un término si el cuerpo social hubiera querido perdonar, olvidar y cubrir todo esto con los honores fúnebres. En la medida en que la comunidad se rehúsa a ello, Antígona debe hacer el sacrificio de su ser esencial que es el Átë familiar.
     

    A
    ntígona perpetúa, eterniza, inmortaliza esa Átë."


    Polinices encarna lo que sólo podría perder si perdiera –si corriera el riesgo de perder– lo que ella tiene de único y de irreemplazable.La cuestión de Antígona es que esta unicidad disimula una alianza secreta, alianza incestuosa que le liga a su padre y a su hermano; el precio a pagar por dicha alianza secreta se relevará al final de la tragedia.


    A
    ntígona es hija de la unión incestuosa de Edipo con su propia madre Yocasta. Es hija y medio hermana de su padre, e hija y nieta de su madre. Un incesto que le ha hecho nacer -sin metáfora- y que la hace morir. Plantea, de modo trágico, la cuestión de la confusión de la vida y la muerte, como así también de la ley y el incesto. Expone su pregunta bajo la forma de la pertenencia de su propia vida: ¿a quién pertenece mi vida, quién puede decidir sobre mi muerte? 


    Notas:
    1. Guyotard, Patrick. "El goce de lo trágico. Antígona, Lacan y el deseo del analista". Ed. De La Flor, Buenos Aires, 1997.
    2. Lacan, Jacques. El Seminario. Libro 7: "La ética del psicoanálisis". Ed. Paidós, Buenos Aires, 1991, pág. 289.
    3. Mujer de Hades y diosa de los muertos. N. del autor.

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