De cómo la neurosis obsesiva hace con la realidad un modo de su aislamiento. La perspectiva capitalista sitúa al individuo como único, solo, en su soledad trascendental, en un diálogo directo con Dios. Sin intermediarios. Dispuesto a llevarse el mundo por delante. Condenado al éxito. Tanto piensa el capitalismo en el individuo, que no es ingenuo ante algunas pequeñas desviaciones, ubicadas en el campo de la comunicación ("la gente no nos comprende", "nos faltó claridad en el mensaje", "no me supe hacer entender", "no nos entendemos"), para los cuales propone diversas soluciones fruto de las más sesudas teorías, que alcanzan su máximo desarrollo en los tiempos neoliberales. Tanto piensa el capitalismo que hasta tiene pensado la posibilidad del fracaso de alguna de sus soluciones. Aquellos que por los designios de la vida (libre competencia) no se adaptan, tienen resevado un lugar: el del desecho. El discurso histérico como uno de los modos del lazo social Los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 irrumpen en la escena política, insertando una hiancia a nivel del mensaje, como un enigma en el discurso hegemónico, discurso del amo capitalista, generando en el mismo movimiento su doble en el lazo social, extrayendo de lo individual el vacío de su existencia. Salto cualitativo que ubica en el vínculo con el otro, en la calle, fuera del claustro religioso de la neurosis obsesiva, un registro discursivo diferente. La representación vacila por lo engañoso de sus promesas (no tiene otra posibilidad). Del ámbito individual y divino del sacrificio se pasa a la exigencia colectiva de pureza de cada acto, asignando, a la manera de una versión argenta del Prometeo encadenado, a cada cual lo suyo: para el dios que quiso el bien para los mortales (gracias por el fuego que sirvió para el incendio), las eternas cadenas de un discurso desafiante que anuncia el final (el suyo y el de sus secuaces). A los mortales, héroes de un día, la interminable tarea del águila carnicera: devorar la carne en procura de un vacío imposible. Así quedarían planteadas las cosas entre el discurso amo y su contrapartida, un discurso apasionado. Es en este contexto que alguien plantea lo justo de su reclamo ante los maltratos de su jefe para con ella y para con sus compañeros. Una desición de organizar un petitorio para la remoción del jefe le produce sorpresa ante la buena acogida de parte de sus compañeros. Se le comunica: no es sólo su problema. Regresa con el fracaso de la gestión. El jefe había hablado fiel a su estilo intimidatorio. Retoma en su discurso el doble de su problema: junto a los otros-con el otro. En particular, con un rasgo del otro, a saber, desagradable. Esto conduce a un nombre que no quiere/puede decir. Respetando su silencio es como introduce un relato en relación a su imposibilidad de conciliar el sueño. Es aquí, en el vacío de lo no dicho, donde una escritura se presenta a la lectura: el responsable de los sueños. Frase que ubica al sujeto en su evanescencia, que encuentra eco silencioso entre el sinfin de voces de la multitud que reclaman por una y otra cosa. Frase que confrontada con el vacío de poder y del poder, hace surgir la posibilidad de una pregunta por el deseo.